viernes 11 de febrero de 2011

Una iglesia para la alquimia, un dios para los ciudadanos

Bueno, pues aquí vengo con otro cuento medieval (estos días he estado muy medieval xD pero ya se me ha pasado, no os preocupéis). Espero que os guste.



La ciudad de Boemicht estaba construida sobre los acantilados y rodeada por un amplio anillo de bosque, apartada del resto del mundo y habitada en su mayoría por gentes corrientes.
Pero había una minoría –que no era pequeña- de herejes y alquimistas que practicaban sus extrañas artes en la clandestinidad. Ellos decían dedicarse a perfeccionar la obra de Dios, pero bien se sabía que aquello era imposible e incluso blasfemo, ¿pues qué humano puede mejorar el trabajo del Creador?
Eran perseguidos por las autoridades, aunque a unos pocos, los más talentosos y ricos, se les permitía llevar a cabo sus hechizos siempre y cuando lo ocultaran bien, para no dar una mala imagen.
De esta forma Boemicht prosperaba como cualquier otra ciudad. Tal vez un poco más rápido, impulsada por la magia, pero nadie sabría determinar esto con precisión.
Aunque claro, todo cambió cuando llegó la sequía. Los campos empezaron a volverse yermos y el ganado enfermaba con facilidad. Los ciudadanos acusaban a los alquimistas de traer aquella desgracia, y estos se defendían alegando que a ellos también les afectaba. Las tensiones no hacían sino crecer y parecía que cuando estallaran, Boemicht no tardaría en desaparecer del mapa.
Pero una noche oscura, una comitiva de brujos salió de la ciudad. Se dirigieron a los campos con braseros de incienso y tablillas de barro manuscritas, y se dispersaron por todo el área de cultivo. Cada uno de ellos dibujaba frases de vida en el aire que volaban como gorriones y se fragmentaban mientras bailaban con el humo de incienso, formando un complicado mapa de luces que bañaba la tierra y la impregnaba de humedad. Como pequeños estallidos verdes, los brotes crecieron en la superficie. Los campos se habían vuelto de nuevo fértiles por obra de la magia. Así fue como la ciudad de Boemicht no volvió a pasar hambre.
Agradecidas, las autoridades permitieron la brujería en todas sus formas y los ciudadanos perdieron su miedo y odio a los alquimistas, e incluso estos ganaron un cierto prestigio social.
Pero esto no le agradaba en absoluto al obispo de la cuidad, quien proclamaba que todos los magos eran peligrosos herejes y que Dios habría devuelto a las tierras su fertilidad si hubieran esperado y rezado en vez de confiar en la magia. Y decía que como no se arrepintieran, pronto caería sobre ellos un castigo divino.
Pero las gentes no le escuchaban y cada vez eran menos los ciudadanos que acudían a sus misas. Ahora cada vez que necesitaban consejo, acudían a la sabiduría de los hechiceros, que les podían vender soluciones tangibles a casi todos sus problemas.
De este modo, los alquimistas se hicieron tan ricos que incluso pudieron permitirse construir una universidad donde cultivar su milenaria ciencia, y que alumnos de todo el mundo acudieran a ellos para aprender los secretos mejor guardados de la Naturaleza.
Todo parecía ir bien en la ciudad de Boemicht hasta que, frente a la perplejidad de sus habitantes, llegó el castigo divino que el obispo había predicho.
La sangre empezó entonces a correr en sucios torrentes por heridas invisibles, tiñendo las calles de rojo. Gritos de dolor y tristeza hacían imposible el silencio por la noche, y los moribundos ciudadanos apenas tenían fuerzas para culpar a los hechiceros.
Los sabios decidieron desde el primer día encerrarse en una torre sin ventanas, alejados de toda luz para protegerse de aquel mal, dispuestos a acabar con él.
Así que tres meses estuvieron trabajando sin descanso en una forma de salvar la ciudad. Apenas comían por miedo a agotar sus provisiones, y cuando trabajaban se turnaban para que sólo uno se encargara de dibujar los planos con la máxima delicadeza posible mientras los demás dormían y guardaban fuerzas.
Cuando empezaron a construir su proyecto, la torre entera se llenó de humo de incienso hasta el punto de que era difícil respirar. Los alquimistas no querían hacer esfuerzos físicos innecesarios que les dejaran débiles antes de tiempo, así que recurrían la magia, mucho más efectiva y rápida.
En el resto de la ciudad, el castigo divino empezaba a apaciguarse, pues Dios parecía notar que quienes estaba matando no eran los culpables de la impiedad de la Boemicht.
Así fue disminuyendo hasta que por fin, un día paró de repente.

Fue justo entonces cuando las grandes puertas de la torre se abrieron de par en par ante la sorpresa de los ciudadanos que quedaban. Una espesa nube violeta de incienso se abalanzó sobre ellos y al disolverse, una gran silueta comenzó a definirse.
Era una máquina del tamaño de una casa, con piezas de granito negro y mármol gris, y cientos de tubos de vidrio y oro que entraban en las profundidades del aparato para volver a salir más finos y retorcidos. Era un laberinto con dibujos de soles y estrellas de colores, agujereado por hendiduras con forma de ojo en cuyo fondo podía verse un reflejo cristalino. En la parte frontal había un libro en blanco, de hojas nuevas y cubiertas de cuero claro y resistente. Se abría ante la mirada de los ciudadanos como si hiciera una reverencia con sus páginas.
Un sabio se adelantó. Estaba muy delgado y pálido. Señaló con un amplio gesto de su brazo el gran aparato y anunció:
-Escribid en el libro lo que queréis y nuestra máquina os lo concederá.
Se hizo el silencio ante aquella declaración tan increíble. Nadie se lo creía. Seguramente el estar allí encerrados con todo ese incienso había acabado por volverlos locos.
De todas formas, ¿qué iban a perder por intentarlo? Un comerciante se adelantó y uno de los alquimistas le tendió una pluma y un tintero. Antes de dejarle escribir, le preguntó:
-Dime la verdad. ¿Consideras a Dios como tu señor?
A lo que el burgués respondió:
-Sinceramente, no creo en Dios.
-¿Y entonces cómo explicas el mal que ha caído sobre nuestra ciudad? –Preguntó el hechicero.
-Casualidad. Aunque mi mujer opina que la culpa es vuestra, magos, que nos envenenáis con vuestros inciensos.
El alquimista le dirigió a su interlocutor una profunda mirada reprobadora que le hizo sentirse ignorante.
-Entonces perfecto si no crees en Dios. Escribe. –Acabó por decir el sabio.
Y el comerciante se inclinó sobre el libro. En el silencio que dominaba la plaza era fácil oír el sonido de la pluma al rozar con el papel.
“Quiero que mis cultivos de lino crezcan rápido y se vendan bien”, había escrito.
-Excelente oración. –Opinó uno de los magos tras leerla. –Poned la máquina en funcionamiento.
Los alquimistas se acercaron al aparato con sacos de incienso, mirra y sándalo que dejaron en tres grandes platos en los extremos de la máquina. Sobre estos había tres campanas de cristal que conectaban con los tubos que recorrían la máquina entera.
Encendieron las resinas y tres columnas de humo espeso comenzaron a dar vida al artilugio.
Empezó con un suave silbido que se fue haciendo cada vez más fuerte y grave. Los agujeros con forma de ojos se iluminaron, dejando ver elaboradas vidrieras diminutas en su interior. Los colores de los soles y las estrellas se pusieron a cambiar de unos tonos a otros y a ondular armoniosamente. El texto del comerciante brilló con fuerza y la tinta desapareció, dejando lugar a unas quemaduras con forma de letras sobre el papel. El silbido de la máquina ya se había convertido en algo parecido a una voz humana que cantaba.
No, eran dos voces las que cantaban. ¿O tal vez tres? Aunque, si lo escuchabas con atención, parecían cinco. Esas cinco se convirtieron en seis. Y luego se volvieron a dividir para llegar a siete. Así hasta que desde la máquina se pudo oír cómo un coro entero sin boca alguna entonaba una hermosa canción.
-¡Venga, escribid, escribid! ¡Rápido, que no se desaproveche el incienso en sólo una oración! ¡Este dios hará lo que deseéis y no tendréis que arrodillaros ante él! ¡Es un dios hecho para el hombre! –Proclamaban los hechiceros.
Y la gente, ilusionada, se acercaba a la máquina a formular sus deseos.
No se hacían realidad al momento, pero siempre acababan cumpliéndose, tarde o temprano. Los ciudadanos lo comprendían, y no les importaba esperar un poco. Tampoco podían pedir conocimientos, porque la máquina sólo podía actuar sobre la realidad, no observarla. Así era como funcionaba, y a nadie pareció decepcionarle este pequeño detalle. Y como era necesario tener más fidelidad a esa máquina que a ningún otro ídolo para que las oraciones se cumpliesen, la cantidad de personas que perdieron definitivamente su fe aquel día fue inmensa.
Los alquimistas trasladaron a su dios de piedra y metal a su universidad, que pasó desde aquel entonces a llamarse la Iglesia de la Alquimia. Ahora era mucho más esplendorosa, y sus paredes de piedra estaban cubiertas de tallas y estatuas cuyas bocas y narices, como chimeneas, expulsaban hilos de espeso humo de incienso.
Su competidora acabó totalmente abandonada, como era de esperar. Incluso la gente la evitaba, como si estuviera maldita. Al fin y al cabo, era Dios quien les había traído aquel mal. Pero afortunadamente, ahora tenían un sustituto mucho menos irascible.
Inmediatamente después de mostrar la máquina a Boemicht, los herejes establecieron medidas para controlar las oraciones. Ahora había que pagar un pequeño precio por cada una, pues no podían permitirse ocupar al nuevo dios con ruegos insignificantes. Además el acceso al libro estaba prohibido para los ciudadanos; sólo a los magos más importantes de la ciudad, que se turnaban para encargarse de las oraciones de la gente, se les permitía escribir en él. Porque no podían permitir que se hicieran peticiones que pudieran hacer daño.
Es más, ¿y si alguien, enfadado por cualquier motivo con la ciudad o los alquimistas, escribía en el libro que quería que la máquina se destruyese? Sería una catástrofe. Y no sólo para los hechiceros, sino para Boemicht entera. Pues casi toda la población había renegado ya de Dios en favor de la máquina, y por esto mismo el poder divino se había vuelto insignificante en la ciudad. Quién sabe a qué horrible castigo los sometería si consiguiera que volvieran a creer en él, o, al menos, que el aparato se rompiera.
Afortunadamente para la ciudad, los alquimistas habían planeado bien la sustitución, y Dios tendría que dejarles en paz.

Sin embargo, aquello no era lo que el Creador tenía en mente. Por motivos que transcendían a la razón, no podía dejar que continuara la blasfemia de Boemicht. Así que encargó a uno de sus ángeles una misión: Debía dejar de creer en él para destruir la máquina pidiendo una oración con trampa. El dios artificial tenía un punto débil, y era que si se le hacían ruegos respecto a cosas que no existían, se estropeaba.
Así que el ángel fue enviado a la ciudad con un pequeño lingote de hojalata en el bolsillo.
Allí, bajo la apariencia de un viajero erudito, se dedico a estudiar todas las ciencias conocidas para de esa forma poder perder su fe. Fueron muchos los conocimientos que adquirió, e incluso llegó a plantear él mismo algunos nuevos. Acudió tanto a las escuelas de filosofía como a las de ciencias y magia. Fue duro para él renunciar a todo en cuanto antes había creído, pero las pruebas científicas hacían que las cosas cayeran por su propio peso. Escuchó a los más ilustres profesores de todo Boemicht, quienes no tardaron en demostrarle que estaba superado una etapa de locura fanática, y que por eso apenas recordaba su pasado. Aquello a lo que llamaba Dios era tan solo una ilusión. Un vestigio de demencia que le hacía olvidar.
Era duro reconocerlo pero cada día estaba más seguro de que era verdad. Él nunca había sido un ángel ni nunca había muerto. Los recuerdos volvieron a su mente despacio pero con regularidad, y entonces era cuando la idea de Dios se le hacía cada vez más absurda.
Con cada nuevo aspecto de la realidad que aprendía, más confiaba en la ciencia y menos seguro estaba de sus dogmas. Además, ¿quién necesitaba a Dios? Pronto podría dirigir sus oraciones a su sustituto, quien seguro que le escucharía mucho mejor.

Y tras unos pocos meses, por fin llegó el día en que su fe murió definitivamente. Ahora era libre, libre de su propio fanatismo. Así que fue a celebrarlo visitando la Iglesia de la Alquimia.
Aquel era, sin duda, un edificio maravilloso. Tanto por fuera como por dentro era todo liviandad. Columnas finas y muy altas, rodeadas de tallas que representaban a los magos y herejes más ilustres, los distintos tipos de almas y las fuerzas de inercia mental. En los capiteles había esculturas de belleza andrógina cuyas bocas y narices exhalaban al exterior una niebla de humo de incienso.
El hombre que antes estuvo loco aspiró aquel aroma tan evocador sin poder evitar pensar en escenas celestiales. Pero se recordó a sí mismo que aquello era el combustible que hacía funcionar al nuevo dios, el que hacía lo que los humanos le pedían sin exigir respeto ni adoración.
Entró en el hermoso templo, donde el humo se acumulaba y casi era imposible ver. Algunas luces de colores se atisbaban al fondo, así como una gran sombra que emitía un sosegado sonido de coros por encima de los murmullos de la multitud.
En la cola había todo tipo de gente que quería todo tipo de cosas, desde curar enfermedades hasta hacer crecer cultivos. Sin embargo, el erudito todavía no estaba seguro de lo que iba a pedir. Rebuscó en su bolsillo y sacó un pequeño lingote de hojalata. Tenía un acabado perfecto, sin una sola muesca. Lo ladeó un poco para que reflejara la luz y entonces recordó uno de los problemas más famosos de la alquimia. Él iba a demostrar que podía resolverse.
Su turno llegó pronto. Un sabio le preguntó cuál era su oración, y él contestó que quería que el dios artificial extrajera el oro de su lingote de hojalata. Era una petición un tanto extraña, puesto que lo que a los alquimistas les interesaba era descubrir un procedimiento natural para obtener aquel metal, no que una máquina les resolviera el problema.
El escriba, un poco contrariado, mandó pesarlo y medir su volumen, para así estar seguro de que era hojalata pura y que no se escribía ninguna contradicción en el libro de las oraciones. Cuando fue demostrado que aquello era lo que el erudito decía, este procedió a pagar.
“Quiero que de su lingote de hojalata sea extraído el oro que contiene”, escribió el mago.
El silbido del coro empezó a hacerse oír frente a los murmullos de la multitud, y los ojos de la máquina proyectaron intensas luces sobre el humo de incienso. Los colores de los símbolos vibraron y cambiaron, y la oración se puso a brillar con fuerza para quedar marcada a fuego en el libro.
El lingote de hojalata se alzó frente a los presentes y se dividió en dos con facilidad. Luego una de las mitades estalló en mil gotitas mientras que la otra cambió ligeramente su ángulo. Las gotitas de metal se pusieron a dar vueltas veloces en torno a la pieza sólida, acercándose cada vez más y luego saliendo despedidas con fuerza. Lo volvieron a intentar, y esta vez consiguieron tocar la superficie del otro trozo, pero quedaron pegadas sin ningún cambio en la materia.
-¿Qué ocurre? –Preguntó uno de los guardias al sabio.
-No lo sé, tal vez sea un proceso muy complejo. –Respondió quitándole importancia.
El bloque de metal estaba sufriendo cambios cada vez más extraños y tontos. Una vez se dividió y los dos trozos comenzaron a golpearse haciendo un ruido sordo. Luego estuvo casi un minuto dando vueltas sin parar, para después comenzar a chocar repetidas veces contra el suelo. Mientras tanto, las luces de la máquina brillaban cada vez más fuerte, el humo de los tubos de cristal hacía formas violentas en diagonal y los coros empezaban a desafinar.
-Esto empieza a ser preocupante. –Murmuró el hechicero.
El nuevo dios estaba ahora temblando con fuerza, y en los soles y estrellas que lo adornaban se formaron líneas negras que rebotaban contra los bordes del dibujo e iban de un lado para otro hasta formar caóticos garabatos.
Entonces el límite fue traspasado, y los tubos se vaciaron de humo. La hojalata se expandió de una forma imposible en una inmensa salpicadura que llenó prácticamente todo el interior de la Iglesia de la Alquimia.
El líquido de metal siguió fluyendo hacia el exterior, inundando las calles de Boemicht, acabando con cada persona que encontraba a su paso. Y como si no hubiera sido suficiente, el nuevo dios estalló en una explosión que arrojó ríos abrasadores de humo de incienso en cinco direcciones, como una estrella.

Dentro de la Iglesia de la Alquimia había una gran multitud de gente inconsciente. Muchos de ellos habían muerto y a otros les faltaba poco para ello. Y también había un hombre que lloraba, pues había destruido a las dos únicas cosas en las que alguna vez había creído.

2 reflejos en el agua:

  1. ¡¡¡Cada día te superas!!! Lo peor de todo es que ya no se me ocurre que decir, por que creo que ya te he dicho casi todo. Sigues sorprendiendo co tus dioses de metal, tus otros mundos, tu propia mitología. ¿De dónde sacas las ideas?

    Estoy un poco espeso como para decierte nada más que no esté en HTML, pero te mereces un aplauso. Bye. ;)

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  2. Ya te he comentado en Rv, pero aquí también te comento.
    Qué decirte, muy de tu estilo. Se nota que lo has escrito tú; muy bien narrado y la historia, fantástica.
    Me gusta la guerra que has creado entre magia/religión (que pasado a la realidad, se ve que es entre ciencia/religión). En realidad no gana nadie, esa es la pura verdad.

    ¡¡Tres hurras a Will!!

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