Hace muchos años, en un reino muy lejano, vivía el rey más sensible que jamás hubiera gobernado reino alguno.
Todo lo escandalizaba. Cada vez que veía sangre, se mareaba. Cada vez que veía pobreza, lloraba de remordimientos. Cada vez que oía hablar de guerras, sentía ganas de vomitar. Por eso mismo era también el mejor rey que jamás hubieran tenido sus súbditos. Su palacio era austero y su reino próspero y pacífico.
Pero un desafortunado día, llegó la noche de las hadas a sus tierras. El suelo manó sangre y las cosechas se arruinaron. Criaturas misteriosas diezmaron al ganado. El bosque creció y los espinos y helechos invadieron los campos. La gente pasaba hambre y la pobreza y el crimen se apoderaban del reino. Apenas podían alimentarse de las frutas silvestres y vivían todos escondidos en los castillos.
El Rey vomitaba todas las mañanas y se pasaba el día llorando. No podía dormir sabiendo el mal estado en el que se encontraba su pueblo. Tales eran su obsesión y su malestar que sus ministros temían por su vida, así que hicieron llamar al hechicero hada de la corte.
Vestía amplios ropajes de seda que dejaban la espalda al descubierto para que sus hermosas alas púrpura quedasen libres. Era delgado y de aspecto muy frágil, con ojos borrosos y expresión vacía. Prácticamente nadie sabía de dónde había salido, pues las hadas masculinas eran seres muy misteriosos. A diferencia de sus congéneres hembra, que apenas alcanzaban los cuatro pies de altura, el hechicero medía lo que un hombre bajito. Además se dignaba a hablar con los humanos, razón por la cual era tan valioso en el reino. Tapada únicamente con su capa, el hechicero arrastraba sin darse cuenta a un hada dormida por los pasillos del palacio.
Los consejeros del Rey le explicaron su problema y, antes de que pudieran terminar de hablar, el mago alzó la mano con una venda raída en ella.
-Cubrid los ojos de Su Majestad con esto y sólo verá lo bueno de la vida. –prometió.
Los consejeros, contentos, esperaron a su próxima reunión de estado, en la que uno de ellos fingió cortarse con un abrecartas. El Rey se tapó los ojos al oír el quejido, y uno de los aristócratas le ofreció amablemente lo que parecía ser un viejo trozo de tela para no ver la sangre. El monarca aceptó y se la ató. Tensa la venda, pudieron apreciarse dos ojos trazados de forma esquemática con tinta púrpura. El rey parpadeó bajo la gasa y los dibujos lo siguieron con una inquietante naturalidad.
A partir de aquel momento, el Rey no volvió a sufrir por su pueblo. Y su reino empezó a degenerar de la misma forma que lo habían hecho los demás ante la noche de las hadas, incuso cabría decir que más rápido. Las reservas de grano menguaban al alegre ritmo de las fiestas en la corte y apenas quedaba nada que dar a los más pobres.
El monarca había comenzado colosales ampliaciones en su palacio y todo el reino no tenía más opción que buscar refugio a su enorme sombra. Mucha gente había quedado abandonada en los pueblos a merced del bosque salvaje puesto que no había sitio para todos en la nueva capital. En los años siguientes no se supo nada de ellos.
Dentro del palacio del Rey todo era hermoso y colorido, tal vez demasiado colorido, pero en esos días la capacidad crítica del monarca no pasaba precisamente por su mejor momento. Y con su visión despreocupada no podía hacerse cargo de la pobreza de su ciudad-estado, a pesar de que sus consejeros no pararan de repetírselo. Pero él no oía más que un ruido vacío cada vez que éstos hablaban.
Así que éstos llegaron a la evidente conclusión de que había que quitarle aquella venda al Rey.
-Sólo alguien de su misma sangre podrá deshacer ese nudo. –les informó el hechicero.
Todas las miradas se dirigieron a los príncipes. El mayor, el mediano y el pequeño, sentados los tres a una esquina de a mesa. Demasiado jóvenes para participar en conversaciones importantes pero demasiado nobles para quedar excluidos. Al principio todos ellos se aburrían sobremanera en la sala del consejo. “Ya le cogeréis el gusto”, les solía prometer su padre. Pero sólo el primogénito, que llevaba tres años a sus hermanos, había madurado lo suficiente. Por eso también se había levantado y ofrecido como voluntario.
-Es una magia nueva y desconocida, príncipe heredero –advirtió el hechicero hada-. Quitar esa venda podría ser peligroso tanto como para vuestro padre como para vos.
-No me importa. Además mi padre preferiría morir a maltratar su reino de esta manera.
-No lo dudo, Alteza –apreció la criatura-. ¿Sabréis desatar el nudo?
En respuesta el hijo del rey deshizo la cinta caoba que mantenía su coleta dejando libre una melena lacia.
-No, no será tan fácil –dijo el mago con una sonrisa-. Pero como hijo suyo que sois, seguro que os sale bien.
El príncipe se dirigió al trono de su padre, quien había estado ajeno a la conversación mientras bebía una dulce taza de chocolate y miraba por la ventana.
Sin decir nada palpó el nudo. Era sin duda complejo y estaba tan apretado que parecía mucho más pequeño. Empezó deshaciendo dos enredos de gasa retorcida para ir aflojando cada vez más la cinta. A cada tirón que daba, la magia chillaba y atacaba los oídos de todos los presentes. Especialmente los del hada, por los que descendían dos finos hilillos de sangre. Sin embargo el hechicero no hacía nada que demostrara su dolor.
Los consejeros contemplaban con expectación cómo la venda quedaba con apenas un nudo sencillo. El príncipe lo deshizo y un grave tañido de campana inundó la sala entera.
Después vino el silencio.
El Rey se levantó con los ojos cerrados.
-Abridlos, majestad –le sugirió uno de sus consejeros.
Pero el monarca negó con la cabeza, asustado. Apretaba los párpados con fuerza y contenía un grito de dolor.
-¿Cómo os sentís? –preguntó el hechicero.
-Me… duelen… los… ojos… -balbució.
-Será mejor que dejemos…
-¡Un monstruo en el castillo! –interrumpió uno de los consejeros. Señalaba a una criatura pequeña y retorcida de plumas largas y oscuras que se arrastraban tras él. Apenas se veían sus ojitos brillantes. Tenía patas largas y delgadas acabadas en manos prensiles de uñas puntiagudas, y sus grandes fauces se asemejaban a un pico con la comisura quebrada en algo que recordaba a dientes.
Los príncipes y los guardias sacaron sus espadas ligeras y corrieron en pos de la criatura, pero esta trepaba ágilmente por las paredes. Se dirigía al Rey a una velocidad vertiginosa, con lo que un grupo de hombres corrió a proteger al monarca. La bestia saltó a la cara del heredero sin darle oportunidad a defenderse. Y antes de que las espadas se alzaran contra el, el monstruo corrió y escapó por una ventana abierta.
-La magia liberada al desatar la venda debe haberlo atraído –dijo el mago.
-¡Me la ha quitado! –exclamó el príncipe heredero al darse cuenta de que el trozo de tela había desaparecido de su mano.
El Rey gemía y balbuceaba mientras daba tumbos por la sala. Chocaba contra las mesas y se apoyaba en las sillas. Y sin darse cuenta, abrió los ojos.
Toda la realidad que se le había estado ocultando aprovechó entonces para entrar en su mente. Decir que lo que profirió fue el más atroz de todos los gritos de terror hubiera sido insuficiente. Fue tal su espanto que tuvo que volver a cerrar los párpados para no quedarse sin ojos. Pero era demasiado tarde y todo revoloteaba en su cabeza: Las preocupaciones, los miedos, los remordimientos… Los remordimientos estaban haciéndole pasarlo especialmente mal. Su sangre hervía y se acumulaba en la cabeza. Sus ojos se licuaron y unas finas lágrimas rojas escaparon al exterior. Y justo después llegó el torrente, abriendo sus párpados de par en par. En apenas unos segundos, el Rey quedó totalmente drenado, y la habitación y sus ocupantes, cubiertos de sangre.
Sólo el hechicero mantenía la tranquilidad.
-Cerrad todas las puertas. Los campesinos no han de enterarse de esto –ordenó el Consejero Mayor-. ¡¿Acaso queréis propiciar una revuelta?! ¡Ya sabéis lo enfadados que están! –gritó.
Los demás presentes advirtieron que lo que decía aquel hombre tenía sentido. El heredero asintió a los guardias, quienes aislaron por completo la sala.
-El Rey ha gobernado fatal durante todo este tiempo –comenzó diciendo el anciano consejero-. No ha sido capaz de ver sus errores ni tampoco los problemas del reino, y se ha ganado el odio de nuestro pueblo. Eso ya lo sabemos todos muy bien. Pero aunque haya muerto, los campesinos son capaces de pensar que nuestro príncipe heredero actuará igual y verán una oportunidad para iniciar una revuelta.
El primogénito del Rey trataba en silencio de ocultar su llanto mientras escuchaba. Los otros dos príncipes tenían rostros inseguros y atemorizados.
-Así que fingiremos todos que sigue con vida y llevaremos mejor el gobierno –prosiguió- y cuando el pueblo esté contento anunciaremos su muerte y colocaremos al nuevo rey. Así de sencillo.
Los consejeros, cubiertos de sangre, parecieron conformes. Los guardias, de familia noble como eran, no revelarían el secreto a nadie. Al hechicero tampoco le convenía hacerlo porque era bien sabido lo que los campesinos pensaban de los seres mágicos.
Pero al nuevo gobierno no le iba demasiado bien. Los recolectores de bayas se perdían más a menudo que antes y cada vez se infiltraban más bestias tras las murallas.
Según los campesinos, todo esto se debía a la magia de la venda del Rey. Habían exigido que se la quitase para librarlos de algún tipo de maldición, y los consejeros les habían contado que ya lo había hecho y que se encontraba perfectamente.
Sin embargo el pueblo intuía que no era así, pues el monarca nunca había vuelto a presentarse en público. De sus sospechas no tardaron en nacer rumores. Según la mayoría, el Rey no se había quitado la venda. Otros decían que el objeto mágico lo había deformado hasta hacerlo irreconocible y que por eso quería esconderse. Y unos pocos hablaban sobre su muerte.
En mitad de una noche tan opresiva como otra cualquiera, un heraldo despertó al heredero de sus pesadillas.
-¡Señor, tenéis que venir, esto es muy grave!
El futuro rey se vistió apresuradamente y fue conducido hasta la sala de reuniones. Allí estaban la mitad de los consejeros y el hechicero junto a una joven humana. En el centro de la sala los hermanos del príncipe daban pasos inseguros extendiendo los brazos con expresiones de éxtasis en sus rostros. Llevaban vendas encantadas sobre sus ojos.
-¡¿Qué les habéis hecho?! –exigió saber el heredero dirigiéndose al mago y agarrándolo por el cuello de su túnica.
-Nada, señor –dijo este con voz calmada y mirada ausente-. Ellos se infiltraron en mis aposentos y me robaron la gasa de telarañas y la tinta de polen que necesitaban para confeccionarlas. Luego dibujaron inexpertamente esos ojos y ahora están totalmente perdidos.
El príncipe lo soltó.
-¿Y no se puede hacer nada para quitárselas? Al fin y al cabo estas no son como las de mi padre.
-Quitarlas supondría un peligro añadido al hecho de que ya están permanentemente dañados por el hechizo mal hecho –respondió el hada.
-Oh, cielos, ¿qué voy a hacer ahora? –sollozó el príncipe derrumbándose en su asiento.
-Señor –intervino entonces el Consejero Mayor-, ya que sois el único heredero al trono que queda, os convendría encontrar esposa.
-Mi padre ha muerto y mis hermanos se han convertido en sombras de lo que jamás serán… -masculló el heredero- ¡¿Y vos me habláis de buscar esposa?! –gritó golpeando la mesa con un puño.
-Pero señor…
-¡Vale, está bien! –se llevó una mano a la cara en un gesto de cansancio- Comprendo las necesidades de mi reino y que estoy en edad de casarme. ¿A quién proponéis?
-Mi hija es hermosa y de noble cuna –sugirió un consejero.
-La mía toca el arpa mejor que sus maestros y canta como los ángeles –prometió otro.
-Pues la mía es dulce y sabia y os podría ayudar con los asuntos del reino –presumió el Consejero Mayor.
Todas estas ofertas sonaron agradables a los oídos del príncipe, quien empezaba a querer conocer a las pretendientes. Pero todavía faltaba la oferta más interesante de todas.
-Mi aprendiza es una hechicera excelente y conoce los secretos de la belleza de las hadas –dijo el mago señalando a la joven que tenía a su lado. Era una muchacha de pelo castaño claro y liso que llevaba un vestido de seda naranja coloreado como el ala de una mariposa. Su rostro era humano pero había en él una altivez y una hermosura que no eran naturales. Tenía unas pupilas que se extendían resquebrajando el iris y la córnea, pretendiendo imitar los de las hadas.
Probablemente fuera por curiosidad o tal vez por fascinación. Igual se debía a que sus hermanos habían muerto y no estaba de humor para tratar con damas normales. O tal vez era codicia por los conocimientos mágicos que aquella joven parecía rebosar.
Fuera por la causa que fuese, el príncipe aceptó inmediatamente la oferta del hechicero, ignorando los gestos de sorpresa de sus consejeros.
Pero como el pueblo no se calmaba, el príncipe todavía no podía casarse.
De todas formas la pareja empezó a conocerse. Todos los días comían juntos en los aposentos del príncipe durante un pequeño descanso en medio de la colosal labor de gobernar el reino. La hechicera era una joven inteligente y amable que le contó al príncipe dónde crecían en aquel momento las bayas de que las expediciones buscaban todos los días. Su rara belleza y su disposición por ayudar hicieron que el heredero se enamorara pronto de ella.
Y fueron pasando los días. La futura princesa guiaba a los buscadores de bayas, cuyos viajes eran ahora siempre provechosos. Los jóvenes enamorados alargaban las horas de la comida lo más posible y a veces los propios consejeros tenían que asegurarse de que volvieran al trabajo.
Pero la felicidad nunca dura eternamente, y menos durante la noche de las hadas. Cuando el príncipe dormía apaciblemente, un chirrido de ventanas interrumpió su sueño. Las cortinas blancas ondeaban como banderas sin colorear y la luz del exterior perfilaba sombras plateadas por toda la habitación. Entonces, el heredero pudo ver unas manos que se agarraban al alféizar desde fuera. Rápido se quitó la sábana de encima y agarró una espada. Las manos avanzaron y se pudo ver que estaban cubiertas de sangre. Éstas hicieron un esfuerzo y una figura sombría se deslizó al interior.
El príncipe estaba paralizado de horror, pero mayor fue su espanto cuando el intruso alzó la cabeza. Llevaba el colgante y la venda de su padre y dos regueros de sangre le caían de los ojos.
-¿Padre? –preguntó asustado el heredero.
La figura se alzó sin tener que apoyarse en el suelo. Su pelo liso le tapaba la cara, pero no lo suficiente como para no reconocerlo. Llevaba ropajes ajados y sucios.
-¿Acaso ya me has olvidado, hijo? ¿No puedes reconocer mi medallón? –inquirió con gravedad mostrándole el colgante de oro.
-Sí... Padre... Puedo –tartamudeó el príncipe.
-Venga mi muerte –exigió el fantasma- Ese mago me ha matado y ha condenado al reino… -se apartó en una esquina para vomitar un chorro de sangre incorpórea que atravesó el suelo- Tiene que ver con la noche de las hadas. Su deleznable especie quiere destruirnos.
-Pero padre, era la única manera de manteneros con vida…
-¡Mátalo! –chilló la aparición. Y los reflejos de luna sobre su figura se fueron empequeñeciendo y suavizando hasta desaparecer, y la sombra que quedó salió por la ventana.
Sin embargo la ira del fantasma de su padre no fue la única mala noticia que el príncipe recibió aquel día. Pues en mitad de la noche, cuando aún no había conseguido dormirse tras la aparición, un consejero llamó a la puerta de sus aposentos.
-Señor, es un gran pesar para mí comunicaros que vuestros hermanos han muerto. Alguien deshizo los precarios nudos de sus vendas.
El príncipe bajó corriendo las escaleras para cerciorarse, pero un ataque de náuseas le impidió avanzar cuando cruzó la puerta. El resto de aquel día lo pasó entre vómitos y sudores fríos.
A la mañana siguiente se prometió que tenía que matar al mago como su padre le había pedido. Ahora estaba seguro de que había traído las vendas a su reino para destruirlo.
Así que, para complacer al pueblo y a pesar de las quejas de los nobles, el heredero ordenó la ejecución pública del hada.
Sin embargo, cuando los guardias irrumpieron en los aposentos del hechicero no encontraron a nadie. Todos supusieron que había conseguido huir.
Y la princesa no pudo aceptar aquella amenaza que su amado había hecho contra su maestro y cayó presa de una terrible depresión. Se encerró en lo alto de una torre y lanzó truenos de espeso polen sobre aquel que tratase de molestarla.
-¡Perdonadlo! –fueron las últimas palabras que se oyeron de ella.
Y sin la aprendiza, el reino ya no sabía dónde estaban las reservas de bayas. Muchos votaron por obligarla a revelárselas y otros por ejecutarla directamente. Pero el príncipe todavía la amaba y no iba a permitir que nadie la tocara.
O al menos eso hacía hasta que por su ventana entraron los espectros de sus hermanos.
-Ella nos quitó las vendas –gemían-. Esa mujer soberbia se atrevió a decir que habíamos insultado a su magia. ¡Mátala! ¡Venga nuestra muerte! –le exigieron los príncipes, ambos tapados con sus precarias vendas que se habían hecho en vida.
-¿Es eso cierto? –preguntó el heredero- ¿Fue ella quien os mató?
-¡Sí, ella fue! –sisearon los fantasmas.
Al día siguiente el príncipe no sabía que hacer, así que decidió dar un paseo por los jardines, llenos de malas hierbas y espinos.
Se sentó en un banco a meditar sobre a quién debía creer. Por un lado, el hechicero hada podría haber atacado a su padre pero, por otro, su aprendiza parecía inocente. Sin embargo los mismos espectros de sus hermanos la habían acusado. Pero ella era necesaria para obtener las bayas. Puede que algún día se le pasara ese enfado y comprendiera que debía servir al reino.
El príncipe iba a volver a palacio cuando oyó algo entre unos arbustos. Se acercó sigilosamente a mirar, pero aquello que había causado el ruido lo advirtió y escapó del jardín trepando por el muro. Al príncipe no le costó reconocerlo: Era el monstruo que había robado la venda de su padre, la cual se había puesto sobre los ojos. Pero además llevaba las de sus hermanos en una garra. Algo tintineaba en su cuello: Era el colgante del difunto rey.
El heredero montó en cólera ante aquella visión.
-¡Mi prometida mata a mis hermanos y tú entras a mi palacio a burlarte de mí, ladrón de mortajas!
El príncipe se derrumbó en el banco y enterró la cara entre sus manos. No quería creer que la aprendiza había matado a sus hermanos, era incapaz. Pero los espectros no podían haberle mentido. Sin embargo había algo que le extrañó de las apariciones: ¿Por qué llevaban todas la venda? ¿Por qué el fantasma de su padre iba sin corona y sus hermanos llevaban ropas con las que nunca los había visto antes? Sólo había podido reconocer las mortajas mágicas. Y el colgante del Rey.
Entonces todo encajó.
Al día siguiente el príncipe hizo reunir una partida de caza para dar con ese demonio que había estado engañándolo. Salió del castillo reconciliado con su prometida, pues el maestro de la joven había sido exculpado. El hechicero hada se había dejado mostrar para impregnar las lanzas de los cazadores con ávidos venenos que perseguían a las presas y entregarles un pájaro de madera que les diría dónde se hallaba la infernal criatura. Y clamados por el pueblo, se adentraron en la espesura.
Un bosque era el lugar más terrible imaginable durante la noche de las hadas. La espesura impedía andar y las espinas se clavaban en los caballos. Había alimañas de gran tamaño escondidas detrás de cada tronco y cualquier planta podía ser venenosa.
El príncipe y sus acompañantes activaron el pájaro nada más adentrarse en el bosque. El hechicero hada les había advertido de que, una vez salieran a campo abierto, el artilugio dejaría de funcionar. La cabeza del ave de madera giró tres vueltas sobre sí misma para acabar señalando al Norte. Abrió y cerró su pico rápidamente para confirmar su decisión. Los nobles siguieron la dirección, abriéndose camino a tajos entre la maleza. No fue una expedición fácil pues, a pesar de sus armaduras ligeras de cuero, dos de los acompañantes del príncipe se llenaron hasta tal punto de granos y picaduras que fallecieron al día siguiente.
El pájaro de madera soltó una nube naranja y se volvió un objeto inerte cuando el príncipe y su séquito llegaron a un amplio claro en el bosque. En su centro había un monolito tallado sobre el que descansaba encogido el monstruo. Seguía llevando la venda del Rey sobre los ojos. En las muñecas tenía atadas las de los príncipes y balanceaba de un lado a otro el medallón robado.
Cuando el demonio hubo alzado la cabeza, varias flechas ya volaban hacia su vientre. Tres de ellas se clavaron haciendo que chorreara sangre negra. La criatura cayó al suelo sin hacer ningún ruido y la partida de caza se le acercó. Estaba muerto. El príncipe ordenó a un hombre armado con un hacha que le cortara la cabeza. Tuvo que hacerlo casi a la altura de los hombros debido a la inmensa mandíbula del monstruo. Cuando ésta rodó se apresuraron a guardarla en una bolsa.
La vuelta fue tan difícil como la ida. Uno de los arqueros acabó desangrado al tropezarse y caer sobre una planta de gruesas espinas. El hombre que había decapitado al demonio fue picado por una avispa azul que encontró un hueco en su traje y murió al poco de caer dormido.
Cuando llegaron al castillo fueron aclamados por toda la población. El hechicero hada pidió revisar el contenido de la bolsa en la que guardaban la cabeza del monstruo.
-Justo como imaginé –declaró mientras agarraba la cabeza en lo alto-. Esta criatura quería acabar conmigo para permitir que todas las alimañas entraran en el reino y proclamarse así su jefe. Muchos otros seres intentan hacer lo mismo en la noche de las hadas, pero este tenía ventaja –dijo retirando la venda y alzándola con su habitual gesto despreocupado y su rostro ausente.
-Os pido perdón por mi desconfianza –dijo el príncipe avergonzado-. No debí haber dudado de un mago tan apto como vos.
La criatura mantuvo su media sonrisa indiferente.
–No os preocupéis por eso, Alteza.
Durante las siguientes semanas todo marchó bien en el reino. Había abundancia de bayas y era fácil encontrar caza si un mago te decía cuándo y dónde. Así que ya nadie pasaba hambre.
Pero durante la noche de las hadas las alegrías nunca duraban lo suficiente como para disfrutarlas. Pues apareció una extraña epidemia entre los campesinos. Tenían todos ellos las córneas rosas y tosían sangre muy a menudo. Se quejaban de dolores en la garganta y de sentir sus mentes como un caos.
El príncipe trató de buscar la ayuda de su hechicero o de su prometida pero estos se mostraron muy desconcertados con la nueva enfermedad. Prometieron investigarla a fondo para buscar su procedencia. Se encerraron en una torre y pidieron muestras de sangre y restos de cadáveres. Pero a la semana ni el maestro ni la aprendiza habían hecho avance alguno.
Cuando hubieron pasado ya diez días el príncipe empezó a preocuparse y decidió subir a comprobar cómo iba su trabajo. Al abrir la puerta pudo ver que las mesas rebosaban de mapas apilados y frascos de sangre cuyo contenido estaba pudriéndose al igual que la carne de los cadáveres. En el fondo había un diván sobre el que reposaba su prometida, mirando por la ventana. El heredero se acercó a ella para decirle cuánto la había echado de menos, pero su sorpresa fue mayúscula al darse cuenta de que aquello era una muñeca de madera. Tenía el vestido muy bien colocado, al igual que su peluca, pero su cara estaba vacía excepto por la venda que llevaba. En ella estaban dibujados los hermosos ojos quebrados de la mujer con un realismo increíble. Éstos parpadearon una vez y volvieron a quedar inertes.
Así que, destrozado por el hecho de que aquella a quien había amado no hubiera sido más que un maniquí, el príncipe abrió la ventana y puso fin a su vida.
-Esta vez he ganado yo –se vanaglorió el hechicero hada ante la cabeza del demonio, la cual estaba expuesta como trofeo en la sala del trono. A su alrededor se acumulaban los cadáveres, todos ellos con los ojos totalmente rosas y las bocas manchadas de sangre.
-La próxima vez serán mis alimañas y no tus frutas envenenadas las que destruyan el reino –desafió la cabeza-. Exijo la revancha.
-Como gustes –dijo el mago. Pasó un dedo manchado de polen por el cuello del demonio y, con dos palmadas, el hada que dormía en su capa salió volando para ayudar al rival de su señor a salir de la placa.
Una vez libre el monstruo, las criaturas salieron del castillo, sobre el cual ya estaban empezando a crecer zarzas y enredaderas.
Y la noche de las hadas se extendió a un nuevo reino.
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