lunes 5 de septiembre de 2011

Las maravillas de la mente rota

Aquí una historia de fantasía algo surrealista. Se me ocurrió mientras dejaba volar locamente la imaginación:


En el palacio oscuro los diamantes brillaban. Estaban almacenados por tamaños y formas en cientos de mesas diseminadas por los amplios salones. La altiva silueta del Emperador se deslizaba entre ellas y tocaba las gemas más apagadas. Al contacto con su dedo chorreante éstas recuperaban su luz.
En aquel lugar hacía frío, mucho frío. Era un frío extremo. Había charcos de aire líquido en el suelo y hubiera sido imposible articular un movimiento si no fuera por la falta total de humedad en el ambiente.
El Emperador seguía una entre las mesas desordenadas una trayectoria geométrica que le permitía tocar todos los diamantes. Su porte orgulloso no terminaba de encajar en aquel palacio oscuro y sin ventanas.
Antes había sinuosos estandartes de seda adornando las estancias, pero ahora estaban todos hechos añicos esparcidos por los suelos. Sólo quedaban trocitos de tela rígida colgando del techo.
Cuando su cuerpo de madera pasaba junto a un jarrón polvoriento, el Emperador oyó el grave tañido de una campana. A pesar de que sonaba muy amortiguado, las paredes del palacio temblaron y cayeron pequeñas cascadas de polvo de los arcos. Éste emprendió entonces un apresurado recorrido por pasillos y salones, todos llenos de diamantes casi apagados cuyo brillo se intensificaba ante la presencia del hombre de madera. Su cuerpo estaba muy bien diseñado e imitaba perfectamente cada músculo humano aunque no respetara las proporciones. Pero su mente funcionaba con engranajes y no había espacio para la coordinación necesaria para correr, por lo que andaba a zancadas.
Al llegar a una arcada grande y muy ornamentada alzó los brazos y sus manos gotearon aire líquido con más fuerza. Extendió las palmas sobre el fondo de una fuente vacía que había al otro lado y esperó a que ésta se llenara. Se quedó contemplando la alta y estilizada cúpula oscura. La uniforme luz de aquella estancia venía de un finísimo recubrimiento de diamante en las baldosas.
Cuando la fuente estuvo llena, el Emperador apartó los pequeños trozos de aire sólido que flotaban en la superficie y disminuyó aún más la temperatura de sus manos. Las alzó juntas sobre el recipiente y abrió todos sus ojos. Aparte de los que tenía en el rostro, el hombre de madera tenía dos hileras de ojos que bajaban desde su pecho a su cintura haciéndose cada vez más pequeños.
El aire líquido de la fuente empezó a brillar con suavidad, cada vez más, hasta llegar a emitir un brillo que era cegador comparado con el del palacio. El Emperador se sumergió y la fuente se tragó todo su cuerpo excepto sus peligrosas manos, las cuales asomaban sobre el agua chorreando más aire líquido.

En la sala de reuniones los sacerdotes esperaban. Uno de los más jóvenes preguntó si el Emperador podía no haber oído la campana que habían hecho tocar.
-No, eso es imposible. -aclaró uno de sus compañeros- Aunque el palacio esté térmicamente aislado, el temblor de la campana se propaga a través del suelo.
A pesar de los espectaculares chorros de agua y cristales colgantes que la fuente que tenían en frente les ofrecía, los consejeros empezaban a impacientarse. Necesitaban hablar ya con el Emperador.
No tuvieron que esperar mucho más, pues la superficie de la fuente comenzó a cubrirse de una escarcha que los sacerdotes se apresuraron a romper con sus picas de cobre. De entre las aguas emergió la corpulenta figura del Emperador, de aspecto fuerte y decidido pero de movimientos torpes. Arrastraba con sí un frío tal que los presentes agradecieron llevar las gruesas túnicas de piel y lana que minutos antes les habían hecho sudar.
A través de sus músculos estáticos podían verse tendones artificiales y algunas de las piezas de su mecanismo interno, las cuales giraban y oscilaban durante unos segundos antes de hundirse de nuevo en el mar de filamentos flexibles del que habían salido.
Cuando casi todo su cuerpo estaba en la superficie, bordeó el estanque y se sentó en un trono al extremo de éste, siempre manteniendo sus manos bajo el agua. Se le veía vulnerable y expuesto ante sus sacerdotes inmovilizado como estaba.
El Emperador abrió los dos pares centrales de ojos de su torso y unas puertas se separaron en él dejando ver una cavidad llena de diamantes, diamantes helados que derretían el aire y congelaban la humedad del ambiente.
El Sumo Sacerdote se acercó con cuidado y extrajo una de las gemas con un grueso guante de cuero. Luego la lanzó al aire y antes de que cayera cogió un puñado de arena fina del suelo y lo arrojó también hacia arriba. El conjunto se quedó flotando como un sistema estelar joven, y su magia se contagió a los demás diamantes de la cavidad, los cuales fueron saliendo del pecho del Emperador uno a uno para girar en torno a su diminuta estrella transparente. Hacían círculos pequeños que aumentaban cada vez más de radio. Crecieron y crecieron hasta llegar a la fila de sacerdotes sentados. Lentamente cambiaron sus trayectorias para pasar a orbitar a aquellos humanos, en torno a cada uno de los cuales, dos gruesos diamantes coloreaban la luz del mediodía.
Los sacerdotes extendieron las manos, las cuales presentaban grandes hendiduras de color rojo pálido y bordes agrietados. Las gemas encajaron a la perfección en ellas despidiendo pequeñas nubes de vapor congelado. Los humanos hicieron una discreta reverencia ritual frente al Emperador y le dieron gracias por los diamantes fríos. Asimismo prometieron no utilizarlos jamás contra el Imperio de Fenda ni sus deidades.
El hombre de madera los observó atentamente mientras estos clavaban sus cuchillos en las yemas de sus dedos como muestra de sometimiento a los dioses. Él era eterno y no necesitaba adorar a nadie que lo protegiera. Sin embargo también sentía envidia por aquellos guías mágicos de los cuales los humanos disponían.
-Alteza –intervino el Sumo Sacerdote acabados ya los formalismos-, os convendría saber que hemos recibido una noticia importante de parte de nuestros dioses.
El Emperador miró fijamente a sus siervos. En sus rostros podía reconocerse un sentimiento: El miedo.
-Nuestros dioses dicen que… que ya ha llegado el momento de la separación.
Los ojos de la cabeza del hombre de madera se abrieron de par en par. Por primera vez en todo el día, el Emperador se dignó a hablar.
-No puede ser, vuestros dioses se han vuelto locos –objetó. Su voz era brillante y reverberante como un xilófono en una habitación vacía-. Las máquinas necesitan a los humanos para que les impongan su voluntad y los humanos necesitan a las máquinas para no atreverse a soñar. Si se separan, las máquinas se descontrolarán y los humanos se volverán locos, y el Imperio de Fenda caerá estrepitosamente. Y todo esto justo cuando íbamos a terminar de construir la Torre de las Estrellas.
-Los humanos necesitan a los dioses para no caer en el abismo y los dioses necesitan a los humanos para algo que sólo ellos saben –respondió el Sumo Sacerdote-. Sin embargo, el Imperio de Fenda necesita a los humanos y a las máquinas de su población unidos para que no accedan a las maravillas de la mente rota.
El Emperador los miró dubitativo.
-¿Qué quieres decir?
-Hemos renegado de nuestros dioses, señor. Necesitamos terminar la Torre de las Estrellas y no podemos permitir que nadie nos lo impida.
-Habéis hecho bien –contestó el hombre de madera-. La Torre de las Estrellas… Hay que terminarla. Es mi voluntad.
-Y es nuestro sueño –respondieron los sacerdotes.
-Sin embargo –aclaró el anciano-, una sacerdotisa sigue siendo fiel a los dioses. Le han prometido utopías de profetisa y han jugado con sus sueños a cambio de que ella los refugie dentro de su fe. Ha huido al norte y está separando a humanos y máquinas para reunir un ejército de mutilados que dicen haber sido liberados por ella.
-Hay que matarla –exigió el Emperador-. Nadie puede contradecir mi voluntad.
-Y nadie puede oponerse a nuestros sueños –secundó el Sumo Sacerdote.

En el norte, la última sacerdotisa con fe liberaba a la gente a la que mutilaba. La mujer pasó su mano palpitante de autoridad divina sobre el brazo de aquel ciudadano. Como un torrente de visión, hilos de un líquido imaginado separaron la máquina de la carne. Las pequeñas extremidades de madera rematadas en metal que tenía la placa mecánica se agitaron libres en el aire. Bajo esta, la piel del hombre se estremeció al notar el contacto con el aire. El liberado movió su brazo delgado y atrofiado tras una vida conviviendo con un implante y su rostro se iluminó.
-¡Puedo soñar! –exclamó.
La placa mecánica se movió libre y se incorporó a los otros implantes que una vez habían pertenecido al mismo hombre que ella.
-¡Tengo voluntad! –dijo con alegría el ser hueco constituido de madera y metal.
-Es la voluntad de mis dioses que seáis libres –explicó ella con serenidad-. Ahora uníos a mí y ayudadme a vencer al Emperador y a sus sacerdotes traidores. Porque ahora que sois puros podéis alcanzar las maravillas de la mente rota, ciudadanos de Fenda, nada os podrá detener.
Los mutilados la aclamaron, puños cerrados en torno a algunos de los diamantes que habían conseguido congelar y llamaradas líquidas brotando de entre sus huellas dactilares.

En los sueños de la profetisa, el Emperador la culpaba.
-Nunca debiste haberlos despertado. Ahora reclamarán su voluntad y sus sueños y nunca los olvidarán. Antes eran felices. Ahora destruirán nuestro imperio.
-¡Los dioses me lo han ordenado! –gritó ella al hombre de madera.
-Tus dioses aplastan tus sueños y contradicen mi voluntad.
-¡Tú aplastas los sueños y contradices la voluntad del pueblo manteniendo máquinas y humanos unidos! –lo culpó ella.
-¡Yo no reprimo los sueños y voluntades que no existen! Mantén alejados a esos rebeldes de mis ciudadanos, sacerdotisa fiel.
-Si mis dioses no lo desean, no lo haré.
-Eres un títere de tus dioses.
-Todos hemos de ser herramientas de ellos –rebatió ella con voluntad.
-Eres impura, no eres una humana de verdad. Esos seres te manchan y contaminan.
-¿Qué sabes tú de los dioses?
-Lo mismo que tú: Nada. Pero por lo menos yo ya no me someto a ellos sin pedirles explicaciones.
-Ellos te crearon a través de los humanos.
-Y ellos planean destruirnos a mí y a mi imperio –replicó ofendido el Emperador-. Si quieren destruirlo, que no lo hayan alzado.
-¿Entonces cómo puedes acusar a mis seguidores? Tú quieres destruirlos.
-Pero eres tú quien los ha alzado, no yo.
-¡Porque los dioses me lo han ordenado!
Y así siguieron discutiendo en círculos hasta el amanecer de la profetisa.

En la sala de reuniones los sacerdotes temblaban. Era un lugar demasiado hermoso para el terror que reflejaban sus ojos. Una de las paredes tenía una rica puerta de madera blanca con relieves de manos haciendo mil gestos mágicos. Las otras cuatro no eran sino filas de columnas que proporcionaban unas hermosas vistas de la ciudad, con sus altas torres heptagonales de piedra caliza y sus tejados cubiertos de nieve chorreante. Pues, a pesar de que hiciera calor en la ciudad, del palacio oscuro se filtraba el frío del aire líquido. Aquel inmenso edificio hermético estaba tallado de una sola pieza como si de una llama gigante se tratara. Estrechada por la base, con pequeños salientes puntiagudos en lo alto y surcada por relieves ondeantes entre los que fluía el agua helada, aquella era la llama que daba energía al imperio.
Y era el ser de madera que vivía ahí dentro quien a destruirlo.
El Emperador nunca antes había enfriado sus manos con más fuerza, pues estas eran una maravilla de la mente rota diseñada como una máquina del movimiento perpetuo. Si se atenuaba su efecto, acababan por apagarse. Si se potenciaba, se rompían por el funcionamiento abusivo. Pero antes de se estropearan, el exceso de aire líquido rompía el equilibrio climatológico sobre Fenda acabando con el vapor de agua que retenía el calor.
Los sacerdotes sabían esto y el Emperador también. Pero aun así no iban a permitir que nadie destruyera la Torre de las Estrellas.

En la lejanía, cumpliendo la voluntad de los dioses, los rebeldes avanzaban. No eran más que humanos atrofiados y máquinas huecas, pero podían acceder a las maravillas de la mente rota porque eran puros.
Pero, a pesar del ejército que las obedecía, las deidades estaban preocupadas por que el Emperador cometiera alguna locura, así que enviaron a la profetisa para hablar con los sacerdotes renegados.
-¿Vais a renunciar al imperio que tanto os ha costado construir por un sueño estúpido? –preguntó ella desde los pies de la muralla.
-Es nuestro sueño –fue la respuesta del Sumo Sacerdote.
-Es imperfecto –replicó ella-. La Torre de las Estrellas no es más que un ingenio en el que torcéis otras magias.
-No –la interrumpió-. No comprendes que es mucho más. Es la cuarta maravilla de la mente rota. Es la libertad, es la puerta a algo que está muy por encima de los dioses.
-Blasfemas –escupió ella.
-Si mis sueños son blasfemias, entonces no me importará quedarme solo y sin dioses.
-Vale. Entonces matad de frío a todo vuestro imperio y caed después en el abismo.
-No dudaremos en hacerlo.

En la sala de reuniones, el hielo de la fuente salió despedido contra el techo. Un torrente de diamantes brillantes rodeaba al Emperador, cuyas manos estaban atrapadas por dos inmensos bloques de hielo. El hombre de madera sobrevoló la ciudad sobre su nube de gemas helada para acercarse a los sacerdotes.
-Id a la Torre de las Estrellas –les indicó-. Huid por ella si es necesario. Pues es mi voluntad que se cumpla vuestro sueño.
Los humanos lo obedecieron y se dirigieron al inmenso edificio ya finalizado que se erguía en la otra punta de la ciudad. Sus fachadas estaban cubiertas de arcos apuntados y la luz del cielo nublado atravesaba su estructura hueca.
El hombre de madera extendió los brazos y abrió las manos rompiendo los sellos de hielo que las inmovilizaban. Los diamantes se alzaron tras él como si de la cola de un pavo real se tratasen y llevaron volando al Emperador hasta la explanada en la que la profetisa y sus seguidores se encontraban.
Entonces, el hombre de madera abrió los ojos de la cara e hizo lo mismo con los que se extendían a través de su pecho. Cuando todos los párpados de madera estuvieron separados, extendió todos los dedos de sus manos. Éstos comenzaron a brillar y los diamantes resplandecieron como soles. Y entonces llegaron las cascadas de aire líquido. Y después, el silencio.
A las afueras de la capital de Fenda quedó un inmenso témpano de hielo con una explosión imposible conservada en su interior.
Un joven sacerdote la observó con tristeza mientras empezaba a llover. El equilibrio climático se había roto y el Imperio de Fenda iba a transformarse en un infierno glacial.

En la mente del sacerdote, una idea tomó forma. Abrió su puerta donde no debía y un monstruoso zacillo de plasma salió despedido por esta, matándolo. El agua de la lluvia se evaporó y media ciudad quedó calcinada. El témpano se derritió y se transformó en una nube de la que llovieron diamantes ardientes en apenas unos segundos.
Y el equilibrio térmico volvió.

En un planeta lejano, los sacerdotes vieron cumplido su sueño.

2 reflejos en el agua:

  1. Wow. Hola, he encontrado tu blog buscando reseñas de Niyura, y no he podido evitar pararme a leer este relato.
    Primero de todo, escribes muy bien, la narración es fluida e impecable.
    Segundo, me gusta bastante la historia, es muy original eso no te lo niego, y bastante interesante.
    A mí el surrealismo no me entusiasma, pero aún así me has tenido pegada a la pantalla hasta el final. ¡Bravo!
    Jaja
    Bueno, eso es todo
    Un saludo
    PD: te sigo y nos leemos ;) (aunque no te aseguro que lea todos tus relatos, no tengo mucho tiempo ahora con las clases...)

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  2. igual te extrañas viendo comentario mio... es que tenia algo que decirte, y no es que me encante esta entrada. bueno, que la verdad es que si me encanta, eh! no pienses mal! solo que tenia que decirte que tienes un premio aquí: http://palabrashechizadas.blogspot.com/2011/09/un-premio-para-mi.html

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